Entrevista a un jugador de billar
Por la manera de hablar, se nota que la tarea lo apasiona. No sólo llevar adelante la Federación, sino el billar en sí. Durante la conversación, hacemos varias pausas para llevar a la práctica las teorías billarísticas que me explica y que no sólo me cuestan entender, sino que más aún creer. Pero las demostraciones son elocuentes.
- Si yo tiro al diamante 3, entrándole con este ángulo, con efecto 2, la bola va a pegar acá, luego hacer banda allá, allá, ahí y allí y completar la carambola.-Anticipa Baby, tal vez creyendo que mi inexperiencia en la materia me hará creer que, con un simple golpe de su taco italiano, la bola hará ese recorrido imposible.

Niego meneando la cabeza de un lado a otro y Del Castillo sonríe con la seguridad del que sabe lo que está haciendo. Toma el cubo de tiza y, con cuidado, lo frota enérgicamente contra el extremo del taco que usará para golpear la bola blanca.
La tiza es para no pifiar -acota-. La pifia es el mayor miedo del billarista.
Adopta la posición de tiro ante la mesa y, con un ojo cerrado y el otro bien abierto, apunta con calma. Mi escepticismo crece: no es posible que la bola haga todo lo que me dijo; puede que sí lo haga por casualidad, pero no intencionalmente. Del Castillo realiza un par de movimientos de vaivén con el taco, haciéndolo deslizar sobre su mano izquierda enfundada en un guante de lycra que sólo viste tres de sus dedos; generando suspenso. El taco va y vuelve, lentamente, midiendo el tiro, sin tocar la bola blanca. Finalmente efectúa el golpe.
La bola, como dirigida por un control remoto o como siguiendo un riel predeterminado, golpea en todos y cada uno de los lugares que Del Castillo me detalló segundos antes. Y, creer o reventar, completa la carambola. Me mira y vuelve a sonreír, divertido ante mi incredulidad.
No puedo hacer otra cosa que felicitarlo y él, para demostrarme que no se trató de una simple casualidad, sigue tirando. En poco menos de cinco minutos realiza una carambola a 9 bandas, varias "maniceras" (jugada que según él es sencilla pero que para mis ojos parecen la obra de un mago con poder para mover las cosas con la mente) y diferentes efectos de retroceso que transportan mis convicciones a nueva dimensión.
Lo único que atino a preguntar es porqué él no está compitiendo en el Panamericano.
Hubiera sido mi tercer Panamericano, pero por circunstancias de la vida no pude viajar.
Apago la grabadora, combino con Del Castillo para volver a sacar fotos en un momento más concurrido y me marcho, impresionado con lo que acabo de ver.
Esa tardecita, regreso al club con la cámara de fotos. Me encuentro con unas treinta personas divididas en las diferentes mesas. El ambiente es distendido, de amigos, de camaradería. Se siente el entrechocar de las bolas y las voces de los socios comentando las jugadas. Varios miran una partida de cinco quillas disputada entre dos jugadores expertos.
Otros practican tiros difíciles, jugadas planeadas de antemano o carambolas de increíble complejidad.
Todos los presentes parecen coincidir en algo: se encuentran en el lugar que quieren estar. No hay que hacer demasiado cálculo para darse cuenta.